Number   40   June 2003 Articles in original language

ARGENTINA: LA RECONSTRUCCIÓN
Marcela Valente  

BUENOS AIRES – Aplacada la conmoción que precedió a su designación, el nuevo presidente de Argentina, Néstor Kirchner, -que asumió con apenas 22 por ciento de los votos de la primera vuelta- mide cada uno de sus pasos. Los desafíos lo acechan desde todos los frentes y los observadores de la política se preguntan si este hombre de 52 años, que se presenta como un dirigente moderno, lo va a lograr.

El flamante presidente sabe que los argentinos ya no se ilusionan con anuncios de campaña ni con promesas de un nuevo tiempo. Cansados de las sucesivas frustraciones, prefieren verlo jugar el partido en la cancha para juzgar si lo hace bien o mal.

No obstante, la tentación es irrestible porque Kirchner necesita inauguar un ciclo que deje atrás de una vez por todas la política tradicional, envilecida por la corrupción y el clientelismo asociado al ex presidente Carlos Menem (1989-99), el gran derrotado de este proceso electoral que quedó inconcluso para siempre.

El colapso que se precipitó a fines de 2001 marcó un antes y un después en la historia argentina. Bien atrás quedó la ilusión económica de un régimen que equiparaba el dólar con la moneda local; las vacaciones de la clase media a Miami; y el país que pretendía estar “insertado” en el mundo –aunque sin una certeza acerca del sitio que le había tocado-.

Por delante sólo queda el reto de una pobreza y un nivel de desempleo sin precedentes en un país rico en la producción de alimentos. Niños y niñas desnutridos. Miles de familias hurgando en la basura de las grandes ciudades y una voluminosa deuda externa de mas de 140 mil millones de dólares, la clásica hipoteca de final de fiesta.

La crisis política que se precipitó casi en la misma debacle de diciembre de 2001 todavía está lejos de haber cristalizado en un nuevo mapa de partidos. El desprestigio de los dirigentes es tan grande que en la última campaña hubo que casi esconder las cualidades políticas de los candidatos para ganarse la confianza de los votantes.

El movimiento espontáneo que brotó durante aquella crisis reclamaba “que se vayan todos” los políticos, acusados de ser los principales responsables del desastre, por acción u omisión.

Kirchner deberá sin dudas colocar al menos las primeras piedras de la reconstrucción del país en esta nueva etapa, y sus opciones en ese sentido serán literalmente fundamentales.

Para esta faena, cuenta con un capital relativamente bueno. La encuestadora Equis asegura que el presidente es quien tiene hoy la más alta imagen positiva entre los dirigentes: 52 por ciento de los apoyos. El resto de los argentinos no es que lo rechace. Muchos ni lo conocen.

Y es que Kirchner fue hasta ahora gobernador de Santa Cruz -una provincia de la helada patagonia- adonde viven apenas 220 mil habitantes, un número bastante menor al total de 36 millones de argentinos a los que ahora deberá gobernar.

De todos modos lo aventaja a Menem, que abandonó la carrera con 85 por ciento de imagen negativa. Y a él sí lo conocen muy bien los argentinos porque fue dos veces presidente. El rechazo popular a Menem -que fue la causa principal de su decisión de retirarse de la competencia electoral- empujó a Kirchner al gobierno mucho más que sus méritos por ahora casi desconocidos.

Uno de los primeros desafíos de Kirchner será sencillo: mostrarse austero, honesto y cerca de la gente, todos comportamientos que parecen ser naturales en él. Esto que parece poco para asumir la máxima magistratura del país, no lo logró Fernando de la Rua (1999-01) que renunció en la mitad de su gestión y debió abandonar la casa de gobierno en un helicóptero para no ser linchado por la multitud que protestaba en el paseo público de Plaza de Mayo.

De la Rúa encabezó una alianza de centroizquierda y, con su perfil serio, austero y “aburrido” ganó las elecciones por contraste con Menem. Pero las cualidades propias no alcanzaron para que haga un buen gobierno y eso quedó de manifiesto enseguida. A la hora de dar inicio a un nuevo estilo de conducción (austero y honesto, pero también eficiente), De la Rúa falló casi en todo y en particular en el último aspecto. La coalición se quebró, fue blanco de acusaciones de corrupción, profundizó la crisis y se marchó dejando el país en llamas.

En el caso de Kirchner, una vez que se deje conocer, tendrá que enfrentar el reto de conquistar un fuerte apoyo político que compense los escasos votos que obtuvo en las elecciones. Para ello, una tarea no menor será la de alinear tras de sí a la mayor parte de los integrantes de su partido, el Justicialista (peronista), que participó del comicio con tres candidatos que compitieron entre sí: Kirchner, Menem, y Adolfo Rodriguez Saá.

Entre los tres sumaron 60 por ciento de los votos, pero los sectores a los que representa cada uno de los tres son tan distintos entre sí que a nadie aquí se le ocurriría pensar que esos apoyos se podrían haber encolumnado detrás de uno de ellos si se hubiera concretado antes una elección interna del Partido Justicialista. Ahora, el llamado “menemismo” parece difícilmente reconciliable con el nuevo oficialismo de Kirchner.

La Unión Cívica Radical, el otro gran partido político de Argentina fundado a comienzos del siglo XX, casi se desvaneció en esta elección. Tras el fracaso del gobierno de De la Rúa –que era uno de los líderes de ese partido- el candidato del radicalismo –el partido que colocó cinco presidentes a lo largo de una centuria- obtuvo un magro 2,3 por ciento de los sufragios y amenaza con la desaparición.

La fragmentación del justicialismo y la evaporación radical son las estelas que deja una tradición política que se va, pero que todavía gravita –y mucho- en los gobiernos provinciales y en el congreso nacional. Entre 70 y 85 por ciento del parlamento está confomado por representantes de esos dos partidos, y un porcentaje similar de provincias están gobernadas también por peronistas o radicales.

Sin embargo, el radicalismo perdió integrantes por derecha y por izquierda, que formaron sus propias agrupaciones y habrá que ver cómo se comportan estos sectores en el congreso. El economista Ricardo López Murphy, abandonó el radicalismo, formó un nuevo partido de centroderecha (Recrear) y consiguió el tercer lugar en las elecciones del 27 de abril después de Menem y Kirchner, con 16 por ciento de los sufragios, un caudal de apoyos grande para una agrupación que no existía hace un año.

En tanto la diputada Elisa Carrió, otra ex integrante del radicalismo, formó una agrupación de centroizquierda (Agrupación para una República Igualitaria) y se ubicó en el quinto lugar con 14 por ciento de los apoyos.

López Murphy y Carrió recogieron muchos apoyos con un discurso que prometía poner fin al estilo clientelístico tradicional y hacer una gestión honesta, aunque con muy distinta orientación ideológica uno y otro.

No obstante, ninguno de los dos líderes emergentes tiene mucho mas que el apoyo fugaz de los votantes. Les falta organizar una fuerza política, conseguir aliados y ganar elecciones legislativas y provinciales que les permitan colocar gobernadores, alcaldes y congresistas de manera de tener más influencia sobre el gobierno y la vida política en general. Casi todo está por hacer para ellos también.

En cambio para encontrar a algún referente de la izquierda en los comicios hay que bajar hasta el séptimo lugar donde la diputada Patricia Walsh consiguió 1,7 por ciento de los apoyos para Izquierda Unida. Por debajo de ella hubo cuatro dirigentes más que presentaron candidaturas de izquierda con un nivel de respaldo que se ubicó entre 1,1 y 0,3 por ciento del electorado.

La performance de la izquierda podría parecer insólita en un país en el que 54 por ciento de la población vive en la pobreza y donde hay un nivel de desempleo superior a 17 por ciento de la población económicamente activa. Pero el vacío tiene su justificación. Los que prefieren apelar a la historia señalan que el peronismo siempre fue un freno al crecimiento de partidos de izquierda. Otros responsabilizan sin más a la actual dirigencia, a la que consideran incapaz de unir voluntades para presentar una propuesta de gobierno seria y bien articulada.

Lo cierto es que por los costados y por debajo del amplio espectro de dirigentes y partidos que trabajan para consolidar estructuras, asoma una multiplicidad de nuevos movimientos sociales que son el resultado de la crisis económica y que están huérfanos de representación política. Algunos los colocan a todos bajo el paraguas de “marginados” aunque allí conviven gente muy pobre y sin empleo con vecinos enojados con la clase política y ahorradores estafados luego de la crisis bancaria de diciembre de 2001.

En este sector se destaca un puñado de grupos de desempleados a quienes se los engloba como “piqueteros”. Son trabajadores desocupados que al perder la posibilidad de hacer huelga en su lugar de trabajo protestan por su condición mediante el corte de caminos y autopistas. La abogada Marta Gaba, consultora en temas de sociedad civil y participación, explica que estos nuevos actores “difieren en sus demandas, y solo comparten la categoría de excluídos”.

Dentro de ese amplio grupo, sostiene Gaba, hay quienes sólo tiene reclamos de tipo gremial –conseguir un mayor número de subsidios al desempleo-; hay quienes en cambio buscan construir un proyecto de país ignorando la oferta electoral por conservadora; y hay otros mas dispuestos a participar de una votación con sus propias propuestas.

Además de piqueteros apenas representados en elecciones, hay también trabajadores que formaron el Movimiento Nacional de Empresas Recuperadas -que nuclea a todos aquellos que ocuparon fabricas quebradas o abandonadas por sus dueños y las pusieron a andar-. Y están también las asambleas de vecinos que surgieron espontáneamente en las ciudades durante la crisis de diciembre de 2001, cuando renunció De la Rúa.

Entre los pocos que aceptaron pasar de la trinchera al escenario político está el dirigente de los desempleados Luis D’Elía, que es uno de los líderes de la Confederación de Trabajadores Argentinos (CTA). D’Elía formó un partido en la populosa provincia de Buenos Aires y se presenta como candidato a gobernador para los comicios de agosto, integrando la fórmula con un pequeño empresario. La apuesta –muy a la brasileña- es demostrar que puede haber un capitalismo que los incluya a todos.

La CTA es la central de trabajadores que se escindió de la tradicional CGT (Confederación General del Trabajo) a principios de los ’90, cuando Menem comenzó a dar los primeros pasos de un gobierno de tendencia neoliberal. Con el aumento del desempleo, la CGT –ahora además dividida en dos- comenzó a vivir un lento ocaso de poder e influencia que, no obstante, no alcanza a afectar el elevado nivel de vida de sus dirigentes, sospechados de corrupción tanto como los políticos.

Desde entonces, la CTA es el nucleamiento que más crece en apoyo de los trabajadores y organizaciones sociales, mirandose en el espejo de la Central Única de Trabajadores (CUT) de Brasil que luego tuvo su expresión política en el Partido de los Trabajadores (PT). Víctor De Gennaro es el secretario general de la CTA. Tiene una muy buena imagen pública. Y es amigo del actual presidente brasileño Luiz Inacio Lula da Silva, fundador de la CUT y del PT. Es más, aspira a seguirle los pasos pero no todavía.

De Gennaro no termina de definir si apoyar a algún candidato de centroizquierda desde el sindicalismo, o si dar el salto y lanzar a competir en elecciones a sus propios dirigentes, solos o en alianza con otros políticos de centroizquierda. La candidatura de D’Elía puede ser un experimento para definir el rumbo a seguir.
Entretanto Kirchner, sin ser amigo de Lula, resolvió empaparse de su buena estrella y viajó a Brasil para reunirse con él una semana antes de la fallida celebración de la segunda vuelta electoral. El presidente argentino aseguró que su estrategia principal de política exterior estará orientada a reafirmar la “integración política” en el Mercosur, el bloque que integran Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay, y del que forman parte como asociados –no miembros plenos- Bolivia y Chile.

La visita de Kirchner no sólo confirmó la buena sintonía entre los dos líderes sino que además permitió reforzar la estrategia de volver a los objetivos iniciales del bloque subregional para dotarlo de un mayor peso político y no solo comercial.

Lula y Kirchner quieren tener un buen contrapeso desde donde negociar con Estados Unidos su eventual incorporación al Area de Libre Comercio de las Américas (ALCA).

Por el momento, la llegada de Kirchner al gobierno, sin ser un dolor de cabeza para Washington, podría sí representar un aplazamiento del cronograma de integración hemisférica que debería avanzar de manera sustancial para 2005. El gobierno de George Bush conoce menos a Kirchner que a Roberto Lavagna, su ministro de Economía.

Como ministro del presidente saliente Eduardo Duhalde, Lavagna mantuvo en 2002 una larga pulseada con los organismos multilaterales de crédito para postergar el pago de la deuda externa y les ganó. La subdirectora del Fondo Monetario Internacional, Anne Krueger, reconoció este mes que “para sorpresa de todo el mundo, Argentina ha vuelto a crecer sin caer en la hiperinflación”.

Lavagna obtuvo el aplazamiento de los pagos, la economía –que había caído 11 por ciento en 2002- comenzó a recuperarse, la moneda se estabilizó y no hubo descontrol de precios.

Luego de recibir la bendición de Lula, Kirchner visitó también al presidente socialista chileno, Ricardo Lagos, y se emocionó en la Casa de la Moneda al recordar las últimas horas allí del presidente Salvador Allende, derrocado por el dictador Augusto Pinochet.

Kirchner era entonces un jóven militante peronista, enrolado en el ala izquierdista del partido, y simpatizaba con el socialismo chileno. Mas tarde, como intendente en la capital de su provincia, contribuyó con ese país enviando por su cuenta algunos ómnibus con exiliados chilenos en Argentina para que voten por el “no” en el crucial plebiscito de 1988 en el que Pinochet planteó a la ciudadanía si quería o no que se mantuviera en el poder.

Lagos le agradeció su apoyo de entonces, y a cambio de aquel favor le dejó un consejo de un socialista con experiencia de gobierno: confiar en la madurez de la ciudadanía y no prometer grandes transformaciones.

Quizás Kirchner lo haya tenido muy en cuenta cuando hizo sus primeras declaraciones como presidente electo. “Sé que la gente no quiere más un gran estadista, quiere un hombre común que asuma una gran responsabilidad. Los argentinos quieren hoy un administrador para un tiempo. Y eso es lo que a mi me gusta hacer. No me gusta ir a la televisión ni hacer campaña política. Detesto el marketing. Me gusta mostrarme tal cual soy y administrar es lo que mejor se hacer”, se definió el nuevo presidente.

Comenzar así a develar una incógnita que mantendrá expectantes a los argentinos por algún tiempo.












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